En realidad esta vez la entrada al blog más que sobre un lugar, es sobre una vivencia, y al fin y al cabo, ¿cual sino es la esencia del viaje? la memoria que queda después de realizarlo.
¡Qué maravilla lo de las nuevas tecnologías! en este momento estoy escribiendo en el hotel de Houston desde mi nuevo IPod regalo de Papá Noel, o mejor dicho de mis papas que me extrañan demasiado y me compran aparatos con los que poder tenerme bien localizada.
De todos los vuelos que he hecho, este sin duda ha sido el más duro, descartando el que hice como pasajera desde Doha a Dublín, que me llevo dos días, pero eso lo contaré en otra ocasión.
Teniendo en cuenta que el vuelo parecía estar maldito, entre las fuertes turbulencias, que no había electricidad en la cocina, y yo estaba a cargo de las comidas, y un pasajero con un ataque al corazón, entre otros hechos desafortunados... No era una decisión muy acertada saltar en paracaídas, pero que puedo decir, no puedo evitar ser impulsiva.
Después de dieciséis horas en un avión, cuando oí "Señoras y Caballeros, Bienvenidos al Aeropuerto George Bush Intercontinental", casi lloro de la emoción.
No tuvimos otra opción que ir en taxi, que junto con el salto, las fotos y el video, es una buena suma de dólares, pero al menos bien gastados.
En el camino el taxista se reía y decía que él también quería probar, pero que ya no era joven como nosotros. Tendría que haber visto más tarde al señor que estaba a mi lado preparado para saltar, y no la primera vez, sino la segunda, admirable, yo quiero ser así de "mayor".
El tipo de salto que haríamos era tándem, el más sencillo para novatos, que consiste en una preparación previa de cómo salir del avión y lo que se debe de hacer durante la caída y el aterrizaje, pero la responsabilidad la tiene siempre el instructor que va pegado a tu espalda y que a su vez es el que porta el paracaídas.
Después de firmar un contrato de riesgo de accidente, en el que aceptábamos el peligro y la posibilidad de morir, es natural, siempre se dice que a lo hecho pecho, o que te responsabilices de tus propias acciones.
Nos presentaron a nuestros instructores, que nos dieron un mono protector, el arnés, guantes, gafas y altímetro. El hombre responsable de mi vida por unos minutos, resultó ser venezolano ¡qué coincidencia! como mi mamá.
Nos explicaron como teníamos que colocarnos, en forma de arco, con las piernas hacia atrás y la pelvis hacia delante. Saltaríamos a 14,000 pies de altura, o lo que es lo mismo 4.267 metros. A 6.000 pies, yo debía mirar la aguja en mi altímetro, hacer una señal con los brazos y tirar del dispositivo que abría el paracaídas. Raúl, el instructor, me tranquilizó diciéndome que en caso de que no pudiera tirar, lo haría él.
Listos y en el avión, no podía parar de temblar, aún no se si de los nervios, de miedo o simplemente por frío. El cámara decía: "deberíamos de haberle dado unos Martini para que estuviera más relajada". En ese momento me di cuenta, de que jamás he probado un Martini.
Esta vez yo era la única mujer, entre los novatos, como yo, los instructores y los cámara, eso me hizo sentir en cierto modo como una heroína.
Cuando abrieron la ventana, que puedo decir tenía miedo, pero sin tiempo para pensar, y en cuestión de segundos, estaba cayendo, o mejor dicho volando, sintiendo el aire gélido en mi cara, dos grados bajo cero. Hasta tocar tierra no estaba asustada porque el paracaídas no se abriera, sino de que durante una milésima de segundo no podía respirar. Pero enseguida la sensación pasó, y ya era tiempo de abrir el paracaídas. Ahí estaba yo, como un pájaro que sobrevolaba los campos y las granjas de Texas y veía la costa y las aguas que la bañan. Aquello era como un sueño, tanta libertad en unos minutos, que parece que estas fuera de tu cuerpo.
El aterrizaje fue de lo más sencillo. Una vez en tierra, Raúl me dijo que podía reservar el siguiente salto sin fecha de caducidad y más barato, y que después de dieciséis saltos, puedo obtener la licencia de paracaidista profesional. ¿Quién sabe? De momento ya he reservado el siguiente salto.
Después de ver nuestros vídeos con música de nuestra elección, por supuesto en mi video no podía faltar Santana, Dinel y yo pusimos el broche de oro a un día inolvidable con una buena comida mexicana, quesadillas, fajitas y tarta tres leches, porque lo valemos.
Hoy puedo decir que he cumplido uno de los deseos de mi vida. Algo que tenía que hacer antes de morir, prefiero no pensar en eso, a todos asusta, lo que quiero pensar es en todo lo que me queda por aprender, hacer y descubrir, en que sí creo que todo es posible así será.
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