Tenía tantas ganas de ver Zúrich, que un día antes de salir reservé por internet un tour con guía por la ciudad y sus alrededores que empezaba al mediodía y duraba cuatro horas.
Una vez en Zúrich me vinieron a la cabeza recuerdos de cuando solía ir a Alemania, no sólo por el alemán, también por ciertos productos típicos de los mercados y algunos restaurantes que también veía cuando iba allí. Supongo que a pesar del tiempo y del olvido siempre queda parte del pasado en tu interior, que en definitiva forma parte de quien eres y te hace madurar y aprender.
En el tren tuve suerte de ir al servicio mientras el revisor pasaba por el vagón, porque multó a las dos compañeras que venían conmigo. Como teníamos prisa, sacamos el billete de una máquina que te daba la opción de inglés y luego sólo se leía alemán, así que seleccionamos lo que nos pareció. Cuando llegamos a la estación reclamamos, pero el de la taquilla nos dijo que era nuestra culpa y que porqué habíamos comprado un billete erróneo. Yo respiré hondo y con paciencia le expliqué que no es muy simple comprar un billete cuando todo aparece en alemán y no hay nadie a quien preguntar. En realidad tenía ganas de decirle, ve tu a Atocha y saca un billete en español, ¡listo! pero no era plan de echar más leña al fuego.
Después del mal trago, el día mejoró nada más salir de la estación y ver aquel imponente castillo en frente de nosotras, el museo nacional de Suiza, inaugurado a finales del siglo XIX y construido por Gustav Gull. Este edificio contiene los objetos más importantes y significativos de la historia del país desde la prehistoria hasta la actualidad. Sólo pudimos verlo desde fuera porque en un día no da tiempo a visitar todo, pero en otra ocasión entraré.
Cogimos un autocar desde la estación de Sihlquai y la guía nos dió la bienvenida en inglés y español, la mujer tenía mérito, porque aunque no hablase perfecto español, se pasó las cuatro horas explicando todo en ambos idiomas, además de portugués, ¡increíble!
Más tarde nos contó que su marido es brasileño, y que además de estos idiomas hablaba dos o tres más, ¡qué envidia! De hecho en Suiza, dependiendo de la zona, se habla alemán, francés o italiano.
Después de pasar por Bahnhofstrasse, una de las calles con las tiendas más caras y exclusivas del mundo, hicimos nuestra primera parada en el puerto Enge, desde donde hay una vista preciosa al lago de Zúrich y la ciudad. Lástima que el día estuviése tan nublado y no pudiéramos ver Los Alpes. La guía nos explicó que del lago se obtiene el 70% del agua potable para abastecer a los habitantes.
Después de pasar por Bahnhofstrasse, una de las calles con las tiendas más caras y exclusivas del mundo, hicimos nuestra primera parada en el puerto Enge, desde donde hay una vista preciosa al lago de Zúrich y la ciudad. Lástima que el día estuviése tan nublado y no pudiéramos ver Los Alpes. La guía nos explicó que del lago se obtiene el 70% del agua potable para abastecer a los habitantes.
Pasamos por varias calles residenciales en las que las casas bien podrían ser museos, ya que son auténticas maravillas de la arquitectura. Como teníamos poco tiempo, el conductor del autocar iba embalado y muchos sitios los veíamos de refilón, mientras que la pobre guía se ahogaba intentando explicar todo en los dos idiomas.
Nuestra siguiente parada fue cerca del Hotel Dolder, un castillo enorme en una de las montañas que rodean Zúrich, en el que hospedarte en la suite presidencial te sale por la friolera cifra de 17.000 francos suizos, unos 11.000 euros.
A continuación vimos una pista de hielo y varias piscinas, que se llenan en verano y la sede de la FIFA, mientras que todos los forofos se apilaban en la ventana intentando hacer fotos de la sede, yo me quedaba atontada con las cabañitas de madera.
Un poco más arriba está lo que llaman la zona de Beverly Hills porque allí tienen su casa Tina Turner y el dueño de la fábrica de chocolates Lindt.
Un poco más arriba está lo que llaman la zona de Beverly Hills porque allí tienen su casa Tina Turner y el dueño de la fábrica de chocolates Lindt.
Más tarde volvimos al centro de la cuidad atravesando el distrito de Fluntern y las universidades, tanto la Universidad de Zúrich como la Escuela Politécnica Federal tienen gran reputación internacional, ya que han sido pioneras en investigación científica, y por sus aulas han pasado un gran número de estudiantes que más tarde obtendrían premios Nobel, entre ellos Albert Einstein. En la fachada de uno de los edificios principales se pueden ver los retratos de todos estos personajes de renombre.
De vuelta en el centro, entramos en la iglesia Fraumünster, famosa por las cinco vidrieras de Chagall que alberga en su interior de colores azules, verdes, naranjas y amarillos, representando escenas de la vida de Cristo y la biblia. Son hermosas en un día nublado, así que cuando el sol brilla y sus rayos las atraviesan, su belleza debe de ser difícil de describir.
En frente de la iglesia de Fraumünster se encuentra la catedral Grossmünster, en la que desgraciadamente no tuve tiempo de entrar esta vez. También se la conoce como la catedral del agua, porque en el pasado se erigía sobre una isla, que ahora ha pasado a ser un puente sobre el río Limmat. Desde el puente se divisa la iglesia se San Pedro famosa por poseer el reloj más grande de Europa con un diámetro de 8'7 metros.
Más tarde continuamos nuestro tour a Adliswil para subir a un teleférico, en el que en vez de ir sentados, íbamos todos los del tour de pie como sardinas en lata. Una vez en Felsenneg, la cima, a 800 metros de altura, las fotos son de postal, parece como si las primeras escenas de la primera parte de la película "Las Crónicas de Narnia" se hubiésen rodado aquí, sólo le falta la cabaña del minotauro.
Finalmente acabamos nuestro tour cruzando en lago de Zúrich con vistas a lo que llaman "la costa dorada" por ser una de la zonas más ricas de Zúrich con mansiones de ensueño, y también porque recibe siempre la mayor parte del sol.
Cuando llegamos al centro ya estába casi anocheciendo, y mi compañera brasileña se fue al hotel, estaba cansada y tenía mucho frío, pero a mi Zúrich después de Moscú, me parecía el paraíso, así que me quedé allí.
Como estuve casi todo el día metida en un autobús, me apetecía pasear por las calles tranquilamente, caminé desde la estación central a la zona de la catedral de Grossmünster, donde había estado por la mañana, mientras veía los cisnes blancos en el agua del Limmat, que resaltaban en la oscuridad. Después fui por Niederdorfstrasse, una calle que la guía turística me había recomendado por los restaurantes de comida típica, así que, me pareció muy gracioso encontrarme allí con dos restaurantes españoles, que por cierto estaban bastante concurridos.
No pude evitar entrar una de las cafeterías, al final no tomé nada, porque prefería cenar en un restaurante, pero para otra ocasión intentaré volver a tomar un chocolate caliente. Todo tenía un aspecto delicioso y el sitio era tan acogedor, además tenían pianista.
Caminando por aquella calle con el sonido de las campanadas de las iglesias de alrededor, entendí porqué Zúrich se ha llevado el galardón en siete ocasiones de ser la cuidad con mejor calidad de vida, algo que la guía turística, orgullosa de su ciudad, nos resaltó varias veces a lo largo del día. Es paradójico, que con el nivel de vida que tienen aquí, (se ven Porsches, BMW, Mercedes y Audis en cada esquina) también sea una de las ciudades con mayor tasa de suicidios en Europa, será que es cierto que el dinero no da la felicidad.
Aunque me hacía la valiente después de que ya había aguantado en las calles de Moscú, hubo un momento que estaba deseando entrar a un sitio calentito, así que al final encontré un restaurante típico y cené una fondue de queso con patatas y pan acompañada de un vino blanco. No es que fuese precisamente barato, pero quien mejor me va a cuidar y consentir que yo misma, cuando mi familia y amigos no están cerca para mimarme.
Aunque me hacía la valiente después de que ya había aguantado en las calles de Moscú, hubo un momento que estaba deseando entrar a un sitio calentito, así que al final encontré un restaurante típico y cené una fondue de queso con patatas y pan acompañada de un vino blanco. No es que fuese precisamente barato, pero quien mejor me va a cuidar y consentir que yo misma, cuando mi familia y amigos no están cerca para mimarme.
El camarero era muy simpático, hablaba un español perfecto sin haber ido a España, nada más que porque tenía amigos españoles. Cada vez que le decía lo rica que estaba mi fondue, me decía, la paella es mucho mejor.
No sé si fue el contraste del calor de dentro del restaurante y el frío de la calle, que cuando fui al baño y me miré en el espejo me asusté, vaya coloretes, parecía Heidi, y nunca más apropiada para el lugar en el que estaba: "abuelito dime tú, porque yo en la nube voy, dime porque yo soy tan feliz, abueliiitoooo..."
No sé si fue el contraste del calor de dentro del restaurante y el frío de la calle, que cuando fui al baño y me miré en el espejo me asusté, vaya coloretes, parecía Heidi, y nunca más apropiada para el lugar en el que estaba: "abuelito dime tú, porque yo en la nube voy, dime porque yo soy tan feliz, abueliiitoooo..."
Después de que se me salía el queso por las orejas, decidí quemar calorías con unos cuantos bailes de salsa. Antes de salir para Zúrich, también hice mis investigaciones de sitios para bailar salsa en la ciudad, y encontré dos cerca de la estación de tren. Acabé en uno que se llama "La Movida" con dueño chileno y camarera medio peruana, medio suiza, y como el mundo es un pañuelo, también ella es amiga de la gente que yo conozco en los sitios de salsa en Madrid. No me quedé mucho tiempo, porque mis expectativas de bailar con un suizo imponente se fueron al carajo, empiezo a creer que soy gafe en el amor, acabé con un pesado británico al lado, que podía hacer el papel de mi abuelo en Heidi. Por lo menos la camarera me dió una lista de todos los sitios de salsa en la cuidad, así que para la próxima vez solo me hace falta mi socia.
Tengo que volver a Zúrich porque esta vez no me ha dado tiempo a llevarme bombones suizos, y no me refiero solo al chocolate. ¡Ah Zúrich, qué perdición!
No comments:
Post a Comment