Monday, 25 January 2010

HONG KONG SEGUNDA PARTE

Llevaba demasiado tiempo sin escribir, así que probablemente se me habrán olvidado muchos de los detalles de los últimos sitios a los que he ido, pero aún así voy a escribir porque lo necesito, lo echo de menos y recordar cada momento me hace sonreír.



Como bien dice mi amigo argentino con el que me lo pasé de maravilla en el viaje, esto fue "Hong Kong en español", porque no sólo iba con él, también con una valenciana.



Ya que esta era mi segunda vez en la cuidad me tocó hacer de guía, así que primero volvimos al centro a la zona de Mong Kok, donde está "Ladies' Market" pero en vez de visitarlo de nuevo, caminamos por las calles de alrededor buscando tiendas de electrónica, porque nos habían dicho que en China podemos conseguir este tipo de productos a muy buen precio. En realidad fue una decepción porque de barato tenía poco, tal vez las gangas las tienen en otras ciudades del país y no aquí.



Como llevábamos muchas horas sin comer no tuvimos más remedio que entrar en el primer McDonald's que vimos, aunque yo me quedaba con ganas de comer algo asiático, así que me pedí lo más raro que pude encontrar, hamburguesa de pescado con washabi, una salsa verde que pica bastante. Lástima, me quedé sin comer cangrejo como el de la última vez, cada vez que lo pienso se me hace la boca agua.



Desde la isla de Kawloon nos dirigimos a la de Hong Kong, que es donde está el tranvía Peak y la torre del mismo nombre. De camino nos entró un ataque de risa a los tres, porque como siempre la simpatía de muchos de aquí deja bastante que desear, así que cuando le intentaba explicar al taxista donde quería ir, me dió una charla en chino que por el tono de voz sonaba a una buena bronca. Lo que puso la guinda al pastel fue cuando se sacó la lupa del bolsillo para mirar el mapa. A final del trayecto, nos abrió la puerta automáticamente y casi nos caemos del coche, (aquí todos los taxistas tienen un sistema automático con el que abren y cierran las puertas) un poco más y nos da una patada en el culo que nos manda a la torre sin necesidad de coger ningún tranvía para llegar.



Una vez en el "Peak Tram" me quedé con la boca abierta, nunca había visto nada igual, durante diez minutos vas en un tren que te lleva al pico Victoria, la montaña más alta de Hong Kong por unos raíles con la mayor pendiente del mundo que te hacen ver los edificios de alrededor inclinados y te da la sensación de que se te van a caer encima. Parece increíble que un sistema de tal precisión se construyese en el siglo XIX, para facilitar a los residentes llegar a la zona. Es sin duda un símbolo de la ciudad que ha sido testigo de guerras y el paso de generaciones cambiando del sistema de vapor al eléctrico, además de haberse hecho famoso en la gran pantalla de Hollywood. Las vistas desde el pico a la ciudad y el puerto se supone que deben de ser de infarto, pero como casi siempre en el sur de China la niebla lo cubre todo incluido el paisaje. A pesar de no ver nada, nos reímos con la figura de cera de Pierce Brosnan como agente 007 que estaba en la entrada del Museo Madame Tussauds. Como mi amigo argentino tiene una mente un poco calenturienta, se empeñó en hacernos una foto a la otra españolita y a mí tocándole las partes nobles a James Bond, los chinos pensarían que éramos unas degeneradas.



Acabamos la noche cenando en Lan Kwai Fong, una de las calles con más ambiente y extranjeros, llena de pubs para tomar algo y bailar. Sin embargo, estábamos tan cansados que la fiesta nos duró poco y decidimos volver al hotel después de cenar, no sin antes comernos un helado por el camino.



A la mañana siguiente fuimos a la cima de Ngong Ping en la isla de Lantau en un teleférico. Yo quería subirme en el que la cabina es toda de cristal, pero como mi amigo, aunque sea difícil de creer de acuerdo con su profesión de tripulante de cabina, tiene miedo a las alturas, fuimos en uno normal.



Finalmente conseguí visitar el Gran Buda, que llevaba queriendo ver desde mi primera visita a Hong Kong, ya que es el la estatua de bronce al aire libre más grande de Buda. Se tardó diez años en construirla y pesa 250 toneladas. Para llegar a él debes subir más de 250 escalones. De nuevo el tiempo no nos acompañó y la niebla dejaba ver poco de los alrededores, pero en este entorno místico lleno de estatuas budistas, monjes y devotos, le daba un aire más auténtico, un halo de misticismo difícil de describir con palabras. No nos dió tiempo a visitar el Monasterio Po Lin ya que volábamos por la tarde, pero pudimos ver un programa sobre el origen del Budismo que explicaba como el príncipe Siddhartha un día a pesar de tener todo lo que deseaba emprendió un viaje para encontrar la solución al sufrimiento de la humanidad. La verdad es que muchas de las leyes que predicaba poseen gran verdad e invitan a la reflexión. Por ejemplo, que la vida fluye y conlleva cambios constantes y por lo tanto aquellos que se aferran a lo permanente y no entienden el transcurso de la corriente del río sufrirán. Al igual que la liberación del sufrimiento depende de nosotros, primero debemos sanar nuestro interior para poder hacer el bien y no el mal. La verdad es que debería de empezar a leer libros sobre budismo, es muy interesante, aunque no sé de dónde sacar el tiempo.



Antes de volver entramos a la casa del té y compramos bolitas de té de Jazmín que son florecitas que se abren en agua caliente. También tenían flores gigantes que se abrían en el vaso y que más que para beber como té, merecía la pena comprar tan solo como decoración.



En el teleférico de vuelta le hicimos disimuladamente una foto a uno de los chinos que tenía unas cejas de punta y unos dientes que no he visto en mi vida, con alguien así a tu lado por las mañanas no te hace falta despertador. Hay tantos sitios que ver en Hong Kong, aunque en otra ocasión no será "Hong Kong en español". Me gusta visitar sola pero hay ciertos viajes que sin amigos nunca habrían sido iguales.

Wednesday, 20 January 2010

ZÚRICH



Tenía tantas ganas de ver Zúrich, que un día antes de salir reservé por internet un tour con guía por la ciudad y sus alrededores que empezaba al mediodía y duraba cuatro horas.



Una vez en Zúrich me vinieron a la cabeza recuerdos de cuando solía ir a Alemania, no sólo por el alemán, también por ciertos productos típicos de los mercados y algunos restaurantes que también veía cuando iba allí. Supongo que a pesar del tiempo y del olvido siempre queda parte del pasado en tu interior, que en definitiva forma parte de quien eres y te hace madurar y aprender.


En el tren tuve suerte de ir al servicio mientras el revisor pasaba por el vagón, porque multó a las dos compañeras que venían conmigo. Como teníamos prisa, sacamos el billete de una máquina que te daba la opción de inglés y luego sólo se leía alemán, así que seleccionamos lo que nos pareció. Cuando llegamos a la estación reclamamos, pero el de la taquilla nos dijo que era nuestra culpa y que porqué habíamos comprado un billete erróneo. Yo respiré hondo y con paciencia le expliqué que no es muy simple comprar un billete cuando todo aparece en alemán y no hay nadie a quien preguntar. En realidad tenía ganas de decirle, ve tu a Atocha y saca un billete en español, ¡listo! pero no era plan de echar más leña al fuego.


Después del mal trago, el día mejoró nada más salir de la estación y ver aquel imponente castillo en frente de nosotras, el museo nacional de Suiza, inaugurado a finales del siglo XIX y construido por Gustav Gull. Este edificio contiene los objetos más importantes y significativos de la historia del país desde la prehistoria hasta la actualidad. Sólo pudimos verlo desde fuera porque en un día no da tiempo a visitar todo, pero en otra ocasión entraré.


Cogimos un autocar desde la estación de Sihlquai y la guía nos dió la bienvenida en inglés y español, la mujer tenía mérito, porque aunque no hablase perfecto español, se pasó las cuatro horas explicando todo en ambos idiomas, además de portugués, ¡increíble!


Más tarde nos contó que su marido es brasileño, y que además de estos idiomas hablaba dos o tres más, ¡qué envidia! De hecho en Suiza, dependiendo de la zona, se habla alemán, francés o italiano.


Después de pasar por Bahnhofstrasse, una de las calles con las tiendas más caras y exclusivas del mundo, hicimos nuestra primera parada en el puerto Enge, desde donde hay una vista preciosa al lago de Zúrich y la ciudad. Lástima que el día estuviése tan nublado y no pudiéramos ver Los Alpes. La guía nos explicó que del lago se obtiene el 70% del agua potable para abastecer a los habitantes.

Pasamos por varias calles residenciales en las que las casas bien podrían ser museos, ya que son auténticas maravillas de la arquitectura. Como teníamos poco tiempo, el conductor del autocar iba embalado y muchos sitios los veíamos de refilón, mientras que la pobre guía se ahogaba intentando explicar todo en los dos idiomas.


Nuestra siguiente parada fue cerca del Hotel Dolder, un castillo enorme en una de las montañas que rodean Zúrich, en el que hospedarte en la suite presidencial te sale por la friolera cifra de 17.000 francos suizos, unos 11.000 euros.


A continuación vimos una pista de hielo y varias piscinas, que se llenan en verano y la sede de la FIFA, mientras que todos los forofos se apilaban en la ventana intentando hacer fotos de la sede, yo me quedaba atontada con las cabañitas de madera.


Un poco más arriba está lo que llaman la zona de Beverly Hills porque allí tienen su casa Tina Turner y el dueño de la fábrica de chocolates Lindt.

Más tarde volvimos al centro de la cuidad atravesando el distrito de Fluntern y las universidades, tanto la Universidad de Zúrich como la Escuela Politécnica Federal tienen gran reputación internacional, ya que han sido pioneras en investigación científica, y por sus aulas han pasado un gran número de estudiantes que más tarde obtendrían premios Nobel, entre ellos Albert Einstein. En la fachada de uno de los edificios principales se pueden ver los retratos de todos estos personajes de renombre.


De vuelta en el centro, entramos en la iglesia Fraumünster, famosa por las cinco vidrieras de Chagall que alberga en su interior de colores azules, verdes, naranjas y amarillos, representando escenas de la vida de Cristo y la biblia. Son hermosas en un día nublado, así que cuando el sol brilla y sus rayos las atraviesan, su belleza debe de ser difícil de describir.

En frente de la iglesia de Fraumünster se encuentra la catedral Grossmünster, en la que desgraciadamente no tuve tiempo de entrar esta vez. También se la conoce como la catedral del agua, porque en el pasado se erigía sobre una isla, que ahora ha pasado a ser un puente sobre el río Limmat. Desde el puente se divisa la iglesia se San Pedro famosa por poseer el reloj más grande de Europa con un diámetro de 8'7 metros.


Más tarde continuamos nuestro tour a Adliswil para subir a un teleférico, en el que en vez de ir sentados, íbamos todos los del tour de pie como sardinas en lata. Una vez en Felsenneg, la cima, a 800 metros de altura, las fotos son de postal, parece como si las primeras escenas de la primera parte de la película "Las Crónicas de Narnia" se hubiésen rodado aquí, sólo le falta la cabaña del minotauro.

Finalmente acabamos nuestro tour cruzando en lago de Zúrich con vistas a lo que llaman "la costa dorada" por ser una de la zonas más ricas de Zúrich con mansiones de ensueño, y también porque recibe siempre la mayor parte del sol.

Cuando llegamos al centro ya estába casi anocheciendo, y mi compañera brasileña se fue al hotel, estaba cansada y tenía mucho frío, pero a mi Zúrich después de Moscú, me parecía el paraíso, así que me quedé allí.


Como estuve casi todo el día metida en un autobús, me apetecía pasear por las calles tranquilamente, caminé desde la estación central a la zona de la catedral de Grossmünster, donde había estado por la mañana, mientras veía los cisnes blancos en el agua del Limmat, que resaltaban en la oscuridad. Después fui por Niederdorfstrasse, una calle que la guía turística me había recomendado por los restaurantes de comida típica, así que, me pareció muy gracioso encontrarme allí con dos restaurantes españoles, que por cierto estaban bastante concurridos.


No pude evitar entrar una de las cafeterías, al final no tomé nada, porque prefería cenar en un restaurante, pero para otra ocasión intentaré volver a tomar un chocolate caliente. Todo tenía un aspecto delicioso y el sitio era tan acogedor, además tenían pianista.
Caminando por aquella calle con el sonido de las campanadas de las iglesias de alrededor, entendí porqué Zúrich se ha llevado el galardón en siete ocasiones de ser la cuidad con mejor calidad de vida, algo que la guía turística, orgullosa de su ciudad, nos resaltó varias veces a lo largo del día. Es paradójico, que con el nivel de vida que tienen aquí, (se ven Porsches, BMW, Mercedes y Audis en cada esquina) también sea una de las ciudades con mayor tasa de suicidios en Europa, será que es cierto que el dinero no da la felicidad.


Aunque me hacía la valiente después de que ya había aguantado en las calles de Moscú, hubo un momento que estaba deseando entrar a un sitio calentito, así que al final encontré un restaurante típico y cené una fondue de queso con patatas y pan acompañada de un vino blanco. No es que fuese precisamente barato, pero quien mejor me va a cuidar y consentir que yo misma, cuando mi familia y amigos no están cerca para mimarme.


El camarero era muy simpático, hablaba un español perfecto sin haber ido a España, nada más que porque tenía amigos españoles. Cada vez que le decía lo rica que estaba mi fondue, me decía, la paella es mucho mejor.


No sé si fue el contraste del calor de dentro del restaurante y el frío de la calle, que cuando fui al baño y me miré en el espejo me asusté, vaya coloretes, parecía Heidi, y nunca más apropiada para el lugar en el que estaba: "abuelito dime tú, porque yo en la nube voy, dime porque yo soy tan feliz, abueliiitoooo..."

Después de que se me salía el queso por las orejas, decidí quemar calorías con unos cuantos bailes de salsa. Antes de salir para Zúrich, también hice mis investigaciones de sitios para bailar salsa en la ciudad, y encontré dos cerca de la estación de tren. Acabé en uno que se llama "La Movida" con dueño chileno y camarera medio peruana, medio suiza, y como el mundo es un pañuelo, también ella es amiga de la gente que yo conozco en los sitios de salsa en Madrid. No me quedé mucho tiempo, porque mis expectativas de bailar con un suizo imponente se fueron al carajo, empiezo a creer que soy gafe en el amor, acabé con un pesado británico al lado, que podía hacer el papel de mi abuelo en Heidi. Por lo menos la camarera me dió una lista de todos los sitios de salsa en la cuidad, así que para la próxima vez solo me hace falta mi socia.


Tengo que volver a Zúrich porque esta vez no me ha dado tiempo a llevarme bombones suizos, y no me refiero solo al chocolate. ¡Ah Zúrich, qué perdición!

Monday, 11 January 2010

HONG KONG PRIMERA PARTE



Demasiado que ver en Hong Kong para tan poco tiempo, suerte que este mes voy dos veces a esta isla del sur de China con imponentes montañas que se vislumbran a través de la niebla que deja el mar que las rodea.



Como llegamos por la tarde no merecía la pena ir a ver el gran Buda, una de las atracciones más importantes de la zona, así que yo y un compañero cogimos un tren a Tsim Sha Tsui, el centro de la ciudad. Sentada en aquellos asientos modernos con volumen incorporado en cada uno de ellos para oír lo que ponen en la tele del vagón, nada que ver con el metro de Madrid, donde tienes que leer los subtítulos para enterarte de algo, me quedé embelesada con las vistas al mar y las montañas y más tarde los rascacielos.



En el centro me sentí como una pueblerina, porque a pesar de venir de una gran ciudad, jamás había visto tantas luces como en este lugar. Llegamos a Mong Kok, la zona donde está "Ladies' Market" un mercado lleno de accesorios, ropa, souvenirs, en fin de todo un poco, y sobre todo lencería picante, no sabía yo que los chinos tuviésen tanta imaginación. Lo que me pude reír con los tangas para hombres con caras de elefante, entre otros, pero me dió vergüenza hacer fotos con mi compañero al lado.
Caminando alrededor me llamaba la atención las tiendas de medicina natural, de comida, entre ellas algunas con marisco y pescado seco que venden en bolsitas para comer como si fuesen patatas fritas, no me animé a probar así que sólo compré higos secos. Fue entonces cuando me dí cuenta de la "simpatía" de la gente de la ciudad, cada vez que intentaba hacer una foto a una tienda, salía el dueño de mal humor diciéndome no sé qué en chino para que no hiciése fotos, lo mismo pasaba cada vez que preguntábamos con el mapa como ir a algún sitio, te miraban con mala gana y te despachaban rápido, como si les molestases.


Así que después de dar vueltas para intentar encontrar "Avenue of Stars" la avenida de las estrellas, con increíbles vistas al puerto y los rascacielos de la cuidad, y la "gran ayuda y hospitalidad" de los viandantes, decidimos coger un taxi. De todas maneras, me parece que me va a tocar volver de nuevo, porque leí en una guía que se llama así porque es un paseo que rinde tributo a algunas de las estrellas de la gran pantalla, con distintas estatuas, entre ellas la de Bruce Lee, y yo no sé qué pasó, que no ví ninguna. Lo que sí que no nos perdimos, fue el espectáculo de luces "The Symphony of Lights", que como cada tarde a las ocho deja sin habla a los turistas que nos reunimos allí y deleita a las parejas de enamorados. Se considera por el Guinnes World Records como el show de luces y sonido más largo del mundo, con cuarenta edificios iluminándose a ambos lados del Puerto Victoria, este juego de luces que bailan al ritmo de la música, hace que los quince minutos que dura, se queden grabados en tu memoria para siempre.


Como mi compañero ya había estado antes en Hong Kong me llevó para cenar a una zona típica de comida asiática en Temple Street. Me encantó ver el ambiente que allí había, me recordaba al barrio de La Latina cuando todo el mundo está fuera sentado en las terrazas comiendo. El marisco aquí está de infarto, así que pedimos unos cangrejos al ajo y jengibre y unas gambas agridulces. Justo cuando acabábamos de empezar y yo me estaba chupando los dedos con los cangrejos, oímos gritos en la calle perpendicular a la que estábamos, y de repente la gente comenzó a correr, y la policía llegó y acorraló la zona. Nosotros no dábamos crédito cuando las camareras como locas se apresuraron a plegar las mesas y a tirar toda la comida a un cubo de basura, así que a dos carrillos tratámos de comer todo lo posible antes de que nos quitasen el plato, y los que estában al lado que también eran extranjeros y tampoco se enteraban de nada, exactamente igual. Cuando vimos nuestros platos en la basura, nos levantamos y nos fuimos sin pagar, mientras una de las camareras nos echaba mal de ojo, pero al menos nosotros teníamos justificación, no comimos casi nada, otros que estában allí se pusiéron las botas y tampoco pagaron.


Finalmente uno de los chinos se acercó y nos explicó en inglés lo que acababa de pasar, un loco había tirado ácido o un tipo de líquido corrosivo a la gente que pasaba por aquella calle. Sin embargo, no fue hasta el día siguiente cuando realmente me asusté al darme cuenta de la magnitud del asunto, ya que hubo treinta personas afectadas, muchos con ampollas en la cara, nos podría haber pasado algo, y nosotros de bobos comiendo, así que he aprendido la lección, la próxima vez, da igual que no entienda, yo si veo a los demás correr también corro. Parece ser que ésta ya es la sexta vez que ocurre y la policía no consigue encontrar al responsable o responsables.


Después de esta escena casi de película, nos fuimos a una discoteca carísima en la que me aburrí como una mona, para luego volver en taxi porque no había tren y que nos metieran un sablazo aún más gordo.


Al día siguiente a pesar de que se me pegaban las sábanas, madrugué porque estaba empeñada en ir a Disneyland, el resto de compañeros me preguntaban que qué iba a hacer allí, que era para niños, y yo pensaba, pues sí, qué pasa, soy una niña.


Como ya sabía no me arrepentí de ir, es verdad que no tiene muchas atracciones para adultos, como montañas rusas, bueno en realidad solo hay una en la que te subes y como está cubierta y todo oscuro te asustas cuando sientes que vas ascendiendo y piensas que después vas a caer en picado, y luego es un paseo de niños.


Me encantó el corto en 3D del Pato Donald, que más que en 3D era en "4D", cada vez que veías agua en la pantalla, sentías que te caían gotas encima, y cuando Aladin volaba en su alfombra sentías las ráfagabas de viento en la cara.

El paseo en barco por la jungla de Tarzán me recordó a la atracción que hay de la selva en el Parque de Atracciones, es exactamente igual, incluso con la misma escena de los hombres subidos a una palmera intentando huir de un rinoceronte que les quiere envestir en sus bonitas posaderas (es que tengo que ser fina en el blog).

Comimos en una especie de salón de castillo de cuento, con las parejas de la Cenicienta y la Bella Durmiente y sus respectivos y la Bella y la Bestia. Me recordaba a mis tiempos de niña cuando me quedába atontada delante de la gran pantalla pensando que existía aquel príncipe azul mientras que me atragantaba con las palomitas de la emoción.


Antes de irme me compré una camiseta de campanilla y un bolígrafo de Mickey Mouse, me volví loca en las tiendas, sobre todo en una de artesanía de cerámica y cristal, donde veías a un señor moldeando el cristal y haciendo aquella maravilla de figuras, mis preferidas, como no, eran todas las de campanilla.


Pero como a todo cuento, le llega su fin, en este caso no por completo, ya que volveré y ésta vez me voy a poner hasta arriba de cangrejo.

Wednesday, 6 January 2010

MOSCÚ



Normalmente no escribo sobre un lugar en el que he estado tan poco tiempo, de hecho espero volver para escribir más distendidamente sobre esta bellísima capital en la que sólo he podido pasar una noche de enero.


Cuando llevamos el uniforme tenemos que llevar una placa con nuestro nombre, así que en cuanto me subí al avión, no solo de ida, también de vuelta, todos los rusos se lanzaban entusiasmados a hablarme en su idioma y se quedaban sorprendidos cuando les decía que lo único ruso que tenía es mi nombre, para que no se decepcionarán demasiado una vez se daban cuenta de que no era una compatriota, les sonreía y decía lo único que sé decir en ruso "spasiba".


Era increíble ver las vistas desde el aire cuando sobrevolábamos las montañas nevadas, lástima que estuviése demasiado ocupada sirviendo alcohol a los rusos, y no me diera tiempo a fotografiar aquella belleza.

Casi toda la tripulación decía valientemente en el vuelo, que iban a salir para ver la Plaza Roja, pero una vez salimos del aeropuerto y notaron el frío en los huesos todos cambiaron de opinión, excepto yo y tres locos más, que dijimos que íbamos a ver la Plaza Roja aunque nos congelásemos en el intento.


Me alegró ver que el hotel aún tenía decoración navideña, además es precioso y enorme, dentro hay tiendas de ropa, supermercado, souvenirs, por supuesto entre ellos las matriuskas, supongo que será para que no te haga falta salir al menos que sea realmente imprescindible, la verdad es que si yo viviése aquí, invernaría como los osos hasta que llegase la primavera.

Después de ponerme todas las camisetas y calcetines que pude unos encima de otros, bajé a la recepción para irme con mis compañeros, uno de ellos ya se había encargado de comprar una botella de vodka, según él para entrar en calor. Una vez en la calle sentí que no era para tanto, que aquella temperatura se podía aguantar, pero después de caminar más de diez minutos sin encontrar la estación de metro, me di cuenta de que no podía soportar mucho más con 15 ºC bajo cero.

La botella de vodka duró poco, porque el que la llevaba la dejó caer nada más entrar en el metro. Por los trenes, veías de todo, desde gente abrigada con pieles y gorros enormes a otros que iban con chaquetita y deportivas, como si estuvieran en el invierno de Madrid, debe de ser que esta gente está hecha de una pasta especial.

Finalmente llegamos a nuestra parada, Okhotny Ryad, la más cercana a la Plaza Roja, quería taparme hasta las cejas, la verdad, es que en este tiempo no me importaría usar algún tipo de atuendo similar al de las de Qatar, eso sí con mejor diseño y no de negro.

Tuvimos que caminar bastante hasta que encontramos la plaza, que precisamente no es pequeña, y fue allí, a pesar de que ya había pasado la navidad, cuando realmente me dieron ganas de cantar "Oh, blanca navidad, nieve..." al ver aún la decoración navideña en las calles, con árboles de navidad preciosos en cada esquina y luces felicitando el año 2010.

Una vez llegas a la Plaza Roja, te quedas sin habla, y no por el frío, sino por la belleza de la arquitectura de sus edificios: primero la puerta Voskresensky o puerta de la Resurrección, después la catedral de Kazán, el centro comercial, y al otro lado, a pesar de estar lejos, atrae tu mirada inmediatamente, la increíble catedral de San Basilio, coronada por una belleza de cúpulas de forma acebollada y colores vivos, esta catedral fue construída en el siglo XVI bajo las ordenes de Iván el Terrible.


Como quería ver todo con más detalle, me puse las gafas, lo que fue un error, porque se me empañaron del frío, y a pesar de mi deseo de hacer más fotos, llego un momento en que se me caían las cosas de las manos ya que no las sentía más. Fue entonces cuando vi a una compañera corriendo hacia un lugar acristalado, y entonces me di cuenta de que era una cafetería en medio de la plaza, y yo también salí disparada como el coyote detrás del correcaminos o aquel que ve un oasis en medio del desierto. Jamás me había sentado tan bien un café caliente, mientras veía a los niños fuera patinando en la pista de hielo, ¿cómo lo harán? ¿cómo soportan el frío? Era la primera vez que sentía como ardía mi interior al volver a una temperatura normal y entrar en calor, jamás pensé que el proceso regulador de la temperatura corporal pudiése ser tan doloroso.



Lástima que por el frío y la falta de tiempo no pudiésemos ver el Kremlin más de cerca, que está en frente de la Plaza Roja, aunque nos dijeron que de todas formas ciertas partes de la Plaza quedan cerradas al público por la noche.


Como no estábamos dispuestos a caminar de vuelta para volver en metro, cogimos un taxi, que nos salió bastante caro, pero con esa temperatura yo ya pagaba cualquier cosa con tal de llegar al hotel y ducharme bajo agua hirviendo.


Me encantaría volver de día y con un poco más de ¡calor!, en primavera o verano, para entrar en las catedrales, ver el Teatro Bolshoi, donde en su día bailó mi tocaya Ludmilla Tcherina, una de las bailarinas más famosas de ballet clásico, y pasear alrededor de esta impresionante ciudad que te envuelve en una atmósfera de grandiosidad de la Rusia de los zares.

Continuará...

Sunday, 3 January 2010

TÚNEZ


Es extraño pasar la Nochevieja sola en casa, pero ya sabía cuando empecé a trabajar que corría ese riesgo. Todo en la vida tiene su lado bueno y malo, lo malo es no tener un día de fiesta, reunido con tus seres queridos, como lo tiene la mayoría, y lo bueno es pasar el día de año nuevo en Túnez, algo que tampoco puede hacer la mayoría.


Llegué al hotel muy cansada después de haber pasado la mayor parte de la noche hablando con mi familia y amigos, y comiendo las uvas a las dos de la madrugada, (en Qatar hay dos horas de diferencia con respecto a España) pero en cuanto entré a mi habitación y me asomé a la terraza que daba a la piscina, me sentí como nueva.


Por la tarde fui con dos compañeras asiáticas a Sidi Bou Said, un pueblito encantador situado al norte de la cuidad que se caracteriza por sus casas blancas y balcones y puertas azules, aquí las puertas son tan hermosas, que son una atracción turística más en las tiendas de artesanía donde se venden réplicas de distintos tamaños o retratos en postales y en imanes. Las casitas pintadas de blanco y las callejuelas de adoquines, a veces recuerdan a un pueblito del sur de España. Sin embargo, cuando entras en las tiendas, algunas de ellas distribuídas en dos pisos con increíbles patios interiores llenos de alfombras de seda, alfarería, mosaicos y jaulas de pájaros, entre otros productos artesanales, te sientes como Alí Babá en "Las mil y una noches".


Subiendo la calle principal atrae el olor de un puesto donde venden "bonbalouni" una especie de donut cubierto de azúcar que fríen al momento en aceite hirviendo, se parece a los puestos de churros de Madrid, de hecho el sabor es parecido.


No sé si era porque tenían frío o hambre o seguramente la mezcla de ambas, que las dos chicas con las que iba me llevaban corriendo a todos sitios, y a mi que me encanta entretenerme viendo todo, no me hacía mucha gracia. Hasta que no nos sentamos en un restaurante a cenar, no se quedaron contentas. El sitio tenía unas vistas preciosas al Mediterráneo, y desde allí, ví la puesta del sol que se reflejaba en el agua turquesa, mientras disfrutaba de un cuscús con pescado.


Con las pilas cargadas después de dormir más de doce horas, no podía esperar para volver a Sidi Bou Said, ya que la visita de la tarde anterior me supo a poco. Esta vez me fui con una amiga marroquí que era más de mi estilo, sin prisas y disfrutando de mirar alrededor. Entramos a Dar El Annabi, una casa del siglo XVIII remodelada en el siglo XX por la familia El Annabi, destacados en la vida política del país, cuyos descendientes aún son dueños de la casa, que ahora ha quedado abierta al público.


Una vez en el interior, tienes la oportunidad de ver cómo vivían antiguamente las familias tunecinas y sus tradiciones, a través de muñecos de cera vestidos con ropa típica, que escenifican distintas momentos cotidianos, como las reuniones fumando shisha o la ceremonia de la henna, una planta de la que se obtiene el polvo de henna, para hacer tatuajes, normalmente con motivos florales, y que se aplica en la piel de la novia antes de una boda. La verdad es que algunos tatuajes de henna son auténticas maravillas, a mi me encanta cuando se lo veo a las mujeres, no sólo en Túnez, y otros países de África, sino también en los países del Golfo Pérsico entre otros, lástima que por mi trabajo no pueda llevar tatuajes visibles.


En la segunda planta se encuentran la sala de rezo con varios ejemplares del Corán, la cocina llena de vasijas de barro, "tajine", donde se sirve el cuscús, y en el centro el patio de estilo Andalúz. Me llamaba la atención encontrar en todas y cada una de las habitaciones de la casa, al igual que en las tiendas de souvenirs, una mano abierta con un ojo en el centro, así que le pregunté a mi amiga marroquí el significado, se quejaba de que hacía demasiadas preguntas, pero es que me gusta saberlo todo. Es un símbolo de protección, el ojo muestra que Dios lo ve todo y la mano es como una "señal de stop" a lo maligno.


Después de ver la casa continuamos nuestra visita, no sin antes comprar algunos souvenirs, todas las tiendas tenían demasiadas cosas bonitas, lástima que no sea rica, lo más barato solía ser una especie de mineral de color marrón y rojizo, que al final descubrí gracias a uno de los tenderos, que es "arena de Túnez" o también conocida como "estalagmita del desierto" ya que se forma bajo la arena del desierto, cuando el agua modela la arena y se seca después de miles de años.


Al final de la calle principal, dejando atrás las tiendas, y llegando a la cima de la colina, se encuentra el "Café Sidi Chebaane" un lugar idílico para tomar un té, comer, o simplemente hacer fotos de la costa y el mar Mediterráneo. Ver el amanecer desde este lugar, debe de ser inolvidable.


Después de Sidi Bou Said, conseguimos un taxi para ir a Carthage, o lo que es lo mismo Cartago, una ciudad fundada en el siglo VIII aC por los fenicios y de la que solo quedan los recuerdos de las guerras y las distintas civilizaciones que por aquí pasaron a lo largo de la historia reflejada en sus ruinas. Después de comprar la entrada, nos dimos cuenta de que nos llevaría bastante tiempo verlo todo, ya que las ruinas se reparten en varias zonas que no están muy cerca entre sí, para caminar bajo la lluvia. Cuando empecé a sentir las primeras gotas de lluvia, no pude evitar acordarme de mi compañera de clase tunecina, a la que ví el día 31, y como estaba de mal humor porque me había tocado volar a Túnez en vez de a ella, deseo que lloviera e hiciése frío, ¡que simpática!...



Primero vimos el museo con distintas piezas de arte de todas las culturas que convergieron en esta zona: la egipcia, la griega, la romana, la fenicia, la católica y la islámica entre otras. Tuvimos suerte de encontrar a un señor que amablemente nos explicó todo, y yo aún más suerte, de tener a mi amiga que habla árabe y que se podía entender con él y traducirme algunas cosas.


Al lado del museo se encuentra una catedral católica enorme que construyeron los franceses en el siglo XVIII.


Fue una buena idea continuar nuestra visita por Cartago en taxi, sino no nos hubiése dado tiempo a ver todo, y aún así se nos quedaron un par de sitios por ver, entre ellos la zona donde los fenicios sacrificaban a niños en ofrenda a los dioses, aunque mejor no haberlo visto, porque sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta.


El taxista también nos explicó un poco de la historia de cada lugar, o mejor dicho le explicó a mi amiga en árabe, y yo me enteraba de lo poco que intentaban decirme en inglés o un español difícil de entender. Pasamos por la villa romana, las termas, el anfiteatro y el teatro, donde se hay conciertos en la actualidad. En todos ellos siempre está presente la figura del caballo, símbolo de Cartago. Terminamos la visita en lo que un día fue el puerto de guerra, donde antiguamente había un área circular de donde partían los barcos para luchar.


Lástima que de camino al centro de la ciudad no tuviésemos hambre aún, porque el taxista nos recomendó una zona que estaba llena de restaurantes para comer marisco y pescado fresco.


En el centro dimos una vuelta por Aswak, un bazar de tiendas pequeñas donde puedes encontrar de todo. Allí ligamos bastante y aún mucho más cuando se enteraban de que yo era española. Parece ser, y no es la primera vez que lo oigo, que muchos hombres tunecinos y marroquís, se entusiasman con la idea de enganchar a una españolita o una francesita nada más que para conseguir la nacionalidad, yo no quisiera ser mal pensada, pero si me lo dicen chicas marroquís, la información es bastante objetiva...que puedo decir, en general sean de la nacionalidad que sean, los hombres son unos buitres.


De vuelta al hotel nos fuimos al spa, que se suponía tenía unos baños turcos bastante prometedores, pero se quedó más bien en una mera ilusión, tampoco se puede esperar demasiado si es gratis.


Por la noche tenía idea de salir a bailar con unos amigos, al final terminé en un sitio que me encantó, Corniche Plaza, un hotel, restaurante y bar a la vez, pero con poco baile y mucho frío. Aún así mereció la pena ver el sitio, que en verano tiene que estar mucho mejor, sobre todo con la piscina que tiene y la terracita al aire libre.


Acabé el año llorando pero lo he empezado con un viaje inolvidable, no sé lo que me espera en el 2010, pero seguro que será digno de recordar el resto de mi vida.