Sunday, 6 December 2009

CALICUT

Cuando llegas al aeropuerto de Kozhikode, así es como los hindúes llaman a esta ciudad, una de las más grandes de Kerala, al sur de la India, respiras aire tropical y te sientes en la selva, asombrado de ver un paisaje tan imponente poblado de palmeras. Sin embargo, todo cambia una vez llegas al centro, entonces empieza lo caótico, ahí es cuando te das cuenta de que este es un lugar más olvidado por el resto de la humanidad que mira a otro lado ante la pobreza más extrema.



Esta vez tuve suerte y vinieron varios compañeros conmigo, incluso el piloto. No querían dejarme ir sola, porque les daba miedo. Después de asustarme tanto, me dí cuenta de que no es tan fácil que te pueda pasar algo, lo más peligroso puede ser que te atropellen, pero no que alguien te pueda robar, al menos no de día, además siempre hay policía vigilando.

Primero caminamos a la playa de Kozhikode, que está muy cerca del hotel, pero que no tiene nada de especial, aparte de basura y gente paseando aunque no bañándose, no les culpo con el aspecto de la zona. La mayoría de los hombres llevan un tipo de faldón que se atan entre las piernas, supongo que es más cómodo para aguantar el calor que unos pantalones.



Después fuimos al centro de la ciudad. Si creía que lo había visto todo en la carretera entre como conducen en Doha o en Katmandú, estaba equivocada, nada es comparable a Calicut, al menos de momento, tiene gracia que tengan carteles que dicen "respeten las normas de tráfico" ¿qué normas?





Aquí invaden el carril del sentido contrario sin problemas de que haya motos, coches, camiones o un elefante, que se salve quien pueda y que se echen a temblar los que no se aparten del camino. Todo esto se agrava si te subes en un tuk tuk, un cochecillo sin ventanas, tipo al de "Los Picapiedra" con un motorcillo que se queja de los frenazos que mete el conductor. Tuvo su gracia sobrevivir a nuestro tour en tuk tuk con el piloto, siendo cuatro personas en un espacio que se supone que es para un máximo de tres.




Una vez en el centro comimos en un shopping mall en el que me vendieron gato por liebre, aunque me está bien merecido por querer probar comida hindú en India. Emocionada con el aspecto de una especie de crêpe con verduras que había pedido, si mal no recuerdo, "dosa", pegué el primer mordisco y dejé de sentir mis labios durante el resto del día. Según el vendedor, aquella era la opción "no picante" claro, que para lo que están acostumbrados a comer aquí, lo mío probablemente tan sólo era comida para niños.



Lo que resulta curioso es que nunca te dan cuchillo, así que resulta divertido intentar cortar con cuchara y tenedor. Le pregunté al piloto, que es indonesio, porque he observado que en Filipinas pasa igual, y me dijo que es algo común en todo el continente asiático, aparentemente no se usa cuchillo al no ser que sea en caso extremo porque te vas a comer un chuletón.





No sé si fue la comida, el calor sofocante, la humedad, el ruido o la polución, unas horas en la ciudad acabaron conmigo. Caminamos por los alrededores de la Plaza de Mananchira, después de mi decepción de no ver una laguna que se suponía que estaba en esta plaza, y de las risitas del piloto y las otras dos amigas que decían que podían ver los cocodrilos en las abundancias de los escombros. No es culpa mía que haga mis investigaciones previas de lo que puedo visitar antes de ir a un lugar, y aparezca una foto estupenda de un lago en internet, que resulta que en la realidad brilla por su ausencia.






La verdad es que me quedé con ganas de ver más, pero lo malo cuando vas con más gente es que te tienes que amoldar, y como todos querían regresar al hotel, no tuve otra opción, aunque creo que merece más la pena ver los alrededores de Calicut, por los paisajes que vi de camino al aeropuerto, que el centro en sí, donde te cuesta respirar, no me extraña que muchos lleven mascarilla.




Cuando llegué a la habitación, me di cuenta del contraste entre aquel lugar, "mi burbuja" donde reinaba la tranquilidad y la comodidad, y el exterior, me sentí mal de ser tan privilegiada, a veces me pregunto ¿por qué somos tan injustos y nos quejamos tanto?



De vuelta a Doha, tuve mucha suerte y pude estar en la cabina del piloto durante el vuelo cuando sobrevolábamos Omán, me enseñaron la zona y un volcán inactivo. A pesar de la destrucción del ser humano, todavía qué bonito puede llegar a ser nuestro planeta.

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