Wednesday, 9 December 2009

KUALA LUMPUR



En el avión de camino a Malasia, las más de siete horas de vuelo se me pasaron rápidamente gracias a un grupo de turistas iraníes que tenían que rellenar el formulario de entrada al país, y como eran mayores, no entendían nada de inglés. Al final no sé cómo terminamos completando los formularios, mientras se partían de risa con mis caras de circunstancia y yo con las de ellos.


Como iba con una amiga de Kuala que conocí en mi vuelo a Calicut, aproveché y le interrogué sobre la ciudad y como moverme por allí. Como siempre, como no, nadie quería hacer nada, pero al menos siempre hay una excepción, y en este viaje fue un compañero chino, que casualmente también conoce la ciudad como la palma de su mano, porque vivió allí seis años.


Por la tarde cogimos el tren a KLCC, el centro de Kuala Lumpur, y por el camino me hacía gracia que a pesar de tener sólo cuatro años más que yo, con mi compañero me sentía como una niña pequeña que va con el papá que la coge de la mano para que no se pierda. Yo le recalqué que era de Madrid, que no me iba a asustar de repente en medio de una ciudad, aunque la verdad es que los malayos son más agresivos en el metro que los madrileños, aquí como no te abras paso a empujones para salir en tu estación, tal vez no lo consigas hasta llegar a la otra punta de la ciudad.

Llegar al centro desde el hotel que está al lado del aeropuerto es una excursión, pero las vistas de los bosques verdes y las palmeras son geniales. La palmera es esencial aquí, como lo es la aceituna para nosotros, porque de ella obtienen el aceite tanto para comer como para cierto tipo de gasolina, al menos eso me contó mi amigo por el camino. Me encanta tener la suerte de visitar con alguien que sepa del lugar.


Al salir del tren, así sin más te quedas sin palabras, sin aliento, ante la magistral vista de "Las Petronas", las torres gemelas más altas del mundo, que de noche iluminadas son aún más imponentes. Empezó a llover, pero en los jardines alrededor de las torres el tiempo se detiene y da igual que llueva o truene, simplemente no puedes parar de mirarlas y de hacerles fotos desde todos los ángulos.

Después caminamos por Bukit Bintag, una de las zonas con restaurantes y tiendas abiertas hasta tarde, porque en el centro comercial "Suria KLCC", en Las Petronas, cierran todo a partir de las diez.

Si algo me encanta de Kuala, es que a pesar de que los católicos son la minoría de la población, porque la mayoría son musulmanes, celebran la navidad por todo lo alto, con una decoración increíble y villancicos en todo lugar, y yo que soy fan de la navidad, me sentía como una niña. Tal vez eso me hizo sentirme bastante triste en algunos momentos, porque no podía evitar pensar que estas son las primeras navidades lejos de mis padres y mi hermano.

A la mañana siguiente me fui a Genting, una mini ciudad de ocio y entretenimiento en las montañas de Kuala. Todos me decían que mejor fuese con algún compañero, que era más divertido, pero como esperase a que alguien viniese, no hubiese hecho nada, de todas formas me lo pasé en grande yo solita y así hice amigos en el camino.

No sé si es porque era básicamente la única representante de mi continente en Genting, rodeada de asiáticos e hindúes, que mucha gente me preguntaba de donde era, si viajaba sola y si se podían hacer una foto conmigo, si lo llego a saber monto un chiringuito allí mismo y cobro cinco ringgit (la moneda de Malasia) por foto. Por ejemplo de ida charlé con una chica y su padre de Beijing, que al final me dieron su e-mail en caso de que vuele allí algún día, muy simpáticos. De vuelta lo mismo, dos malayos venga a hacerme el interrogatorio y a hacer fotos. No hacía más que pensar que si esto era conmigo, que soy bastante normal, entonces si las asiáticas viesen a mi hermano, le besaban los pies.

Para subir al parque de atracciones, tienes que coger un teleférico que parece ser el más largo del sur de Asia, durante veinte minutos pasas por una selva preciosa de palmeras. Una vez en la cima entiendes porqué la gente suele quedarse en los hoteles de la zona a pasar la noche, porque hay de todo, parque con atracciones a cubierto y descubierto, piscinas, casinos, karaoke, restaurantes, tiendas, recreativos, y cualquier cosa que te puedas imaginar.

He de reconocer que nada más entrar a la zona del parque con las atracciones al descubierto, me decepcioné un poco, porque la verdad es que las atracciones no tienen nada que envidiar a las del Parque de Atracciones de Madrid, pero luego cambié de idea cuando entré al parque de atracciones en el interior. Es una representación de algunos de los lugares más emblemáticos del mundo como la estatua de la libertad, la tour Eiffel, el Big Ben, los canales de Venecia y sus góndolas, y lo más curioso, el mundo de la nieve, pasas de la sauna de Kuala a una sala que podría ser Suiza con sus cabañitas de madera.

Aquel día sin duda cubrí mi cupo de comer guarrerías, pero es que tenía todo una pinta y olía de bien, chocolate, dorayakis (una especie de buñuelos rellenos de dulce y salado), maÍz dulce...aunque he de decir a mi favor que lo que más comí fue fruta fresca y zumos, ¡que delicia!

El último día volví a ver Las Petronas, pero esta vez a la luz del sol para subir al "Skybridge" el puente que conecta las torres. En la planta 41 de un total de 88 pisos tienes el "privilegio" de estar diez minutos en el puente, después de esperar unas cuantas horas para subir, pero merece la pena. Aunque hay otras torres sencillas mucho más altas que Las Petronas, estas son las torres gemelas más altas del mundo, con 452 metros de altura. Terminadas en 1998 por el arquitecto argentino César Pelli, las torres albergan además del centro comercial, las oficinas de Petronas, la empresa nacional de petróleo de Malasia, así como la universidad de ciencias e ingeniería y el teatro sede de la orquesta filarmónica del país. Las torres son un icono de Malasia y su cultura, de tal modo que cada torre tiene por base una forma geométrica típica del arte islámico, el octógono.

Me hubiese gustado ir a la zona del planetario y otros sitios, pero no tenía más tiempo, y entre que nadie te sabe indicar y los taxistas te quieren timar, al final solo pude llegar al mercado central, perfecto para comprar souvenirs, y a la Plaza Merdeka. Rodeada por farolas con la flor nacional de Malasia, la bunga raya (mi flor favorita), el museo nacional de historia, la mezquita nacional y el edificio Sultan Abdul Samad, crea un ambiente especial y de contraste entre culturas y religiones que convergen en una misma ciudad. "Merdeka" significa "independencia" en esta plaza es donde se declaró la independencia de Malasia de los británicos hace ya más de 50 años, aquí ondea la bandera malaya y se celebra todos los años la fiesta nacional del país.

Ojalá vuelva para visitar otros lugares de esta ciudad que es sin duda una belleza. De momento me he traído un fantástico regalo de Kuala, una picadura en la planta del pie que me está matando, ¿es que no había otro lugar menos estratégico para picarme?


Sunday, 6 December 2009

CALICUT

Cuando llegas al aeropuerto de Kozhikode, así es como los hindúes llaman a esta ciudad, una de las más grandes de Kerala, al sur de la India, respiras aire tropical y te sientes en la selva, asombrado de ver un paisaje tan imponente poblado de palmeras. Sin embargo, todo cambia una vez llegas al centro, entonces empieza lo caótico, ahí es cuando te das cuenta de que este es un lugar más olvidado por el resto de la humanidad que mira a otro lado ante la pobreza más extrema.



Esta vez tuve suerte y vinieron varios compañeros conmigo, incluso el piloto. No querían dejarme ir sola, porque les daba miedo. Después de asustarme tanto, me dí cuenta de que no es tan fácil que te pueda pasar algo, lo más peligroso puede ser que te atropellen, pero no que alguien te pueda robar, al menos no de día, además siempre hay policía vigilando.

Primero caminamos a la playa de Kozhikode, que está muy cerca del hotel, pero que no tiene nada de especial, aparte de basura y gente paseando aunque no bañándose, no les culpo con el aspecto de la zona. La mayoría de los hombres llevan un tipo de faldón que se atan entre las piernas, supongo que es más cómodo para aguantar el calor que unos pantalones.



Después fuimos al centro de la ciudad. Si creía que lo había visto todo en la carretera entre como conducen en Doha o en Katmandú, estaba equivocada, nada es comparable a Calicut, al menos de momento, tiene gracia que tengan carteles que dicen "respeten las normas de tráfico" ¿qué normas?





Aquí invaden el carril del sentido contrario sin problemas de que haya motos, coches, camiones o un elefante, que se salve quien pueda y que se echen a temblar los que no se aparten del camino. Todo esto se agrava si te subes en un tuk tuk, un cochecillo sin ventanas, tipo al de "Los Picapiedra" con un motorcillo que se queja de los frenazos que mete el conductor. Tuvo su gracia sobrevivir a nuestro tour en tuk tuk con el piloto, siendo cuatro personas en un espacio que se supone que es para un máximo de tres.




Una vez en el centro comimos en un shopping mall en el que me vendieron gato por liebre, aunque me está bien merecido por querer probar comida hindú en India. Emocionada con el aspecto de una especie de crêpe con verduras que había pedido, si mal no recuerdo, "dosa", pegué el primer mordisco y dejé de sentir mis labios durante el resto del día. Según el vendedor, aquella era la opción "no picante" claro, que para lo que están acostumbrados a comer aquí, lo mío probablemente tan sólo era comida para niños.



Lo que resulta curioso es que nunca te dan cuchillo, así que resulta divertido intentar cortar con cuchara y tenedor. Le pregunté al piloto, que es indonesio, porque he observado que en Filipinas pasa igual, y me dijo que es algo común en todo el continente asiático, aparentemente no se usa cuchillo al no ser que sea en caso extremo porque te vas a comer un chuletón.





No sé si fue la comida, el calor sofocante, la humedad, el ruido o la polución, unas horas en la ciudad acabaron conmigo. Caminamos por los alrededores de la Plaza de Mananchira, después de mi decepción de no ver una laguna que se suponía que estaba en esta plaza, y de las risitas del piloto y las otras dos amigas que decían que podían ver los cocodrilos en las abundancias de los escombros. No es culpa mía que haga mis investigaciones previas de lo que puedo visitar antes de ir a un lugar, y aparezca una foto estupenda de un lago en internet, que resulta que en la realidad brilla por su ausencia.






La verdad es que me quedé con ganas de ver más, pero lo malo cuando vas con más gente es que te tienes que amoldar, y como todos querían regresar al hotel, no tuve otra opción, aunque creo que merece más la pena ver los alrededores de Calicut, por los paisajes que vi de camino al aeropuerto, que el centro en sí, donde te cuesta respirar, no me extraña que muchos lleven mascarilla.




Cuando llegué a la habitación, me di cuenta del contraste entre aquel lugar, "mi burbuja" donde reinaba la tranquilidad y la comodidad, y el exterior, me sentí mal de ser tan privilegiada, a veces me pregunto ¿por qué somos tan injustos y nos quejamos tanto?



De vuelta a Doha, tuve mucha suerte y pude estar en la cabina del piloto durante el vuelo cuando sobrevolábamos Omán, me enseñaron la zona y un volcán inactivo. A pesar de la destrucción del ser humano, todavía qué bonito puede llegar a ser nuestro planeta.

Tuesday, 17 November 2009

KATMANDÚ



Este es el primer vuelo en el que tengo unos días para visitar, así que creo que siempre recordaré la capital de Nepal con un afecto especial.


Desde el aeropuerto al hotel no pude ver demasiado porque ya había anochecido, aunque no podía parar de reír con los comentarios del co-piloto: "aquí no conocen lo que son las autopistas, ¿verdad?" en realidad el hombre tenía razón porque más que carreteras son caminos de cabras, pero yo iba tan feliz pensando en todo lo que iba a conocer.


Desafortunadamente tengo un buen catarro así que la primera noche me quedé dormida viendo entusiasmada que ponían "Sexo en Nueva York". Probablemente no ayudó mucho que la mayoría de mis compañeros me contasen historias de que el hotel está embrujado, para que cuando fuese al baño me asustase de mi propio reflejo en el espejo de la puerta.



El primer día fui en taxi a "Swayambhu" un templo budista conocido popularmente como "templo del mono" porque los monos pasean alrededor del templo como un visitante más.



Allí conocí a un señor nepalés encantador en una de las tiendas de souvenirs que me explicó las tradiciones budistas e hizo de guía.



Después de bendecirme con agua, flores y pintura en la frente, procedente de una de las estatuas de los dioses, me mostró unos cuencos de sanación hechos de ocho metales diferentes. Se ponen en la zona que necesita cura y se golpean para que vibren, transmiten un sonido muy relajante.



Me explicó que la mayoría de edificaciones en el interior fueron construidas entre los siglos XVI y XVII y cada una está dedicada a un elemento: el agua, el viento, la tierra y el fuego. En el centro hay una especie de torre que representa los siete chacras que te llevan al Nirvana, como decir el "paraíso" o el "cielo".



Los creyentes hacen girar los tornos en las paredes para ser bendecidos y tener buena suerte. Dentro de los templos echan arroz y flores a los dioses en modo de ofrenda y encienden velas para rezar por sus seres queridos.



Las vistas desde lo alto del templo al valle de Katmandú y las águilas que se divisan desde esta zona son increíbles.



Antes de irme mi amigo nepalés me invitó a un té tradicional y me regaló unas banderas para rezar que siempre están colgadas alrededor de los templos.



Sin embargo en mi siguiente parada, "Hanuman Dhoka" en la zona centro de la ciudad, no tuve tanta suerte con los nepaleses que me encontré, probablemente porque iba sola y se notaba demasiado que era extranjera, se me acercaban continuamente hombres queriendo hacer de guía. Al ser un país muy pobre siempre es a cambio de dinero, y desafortunadamente mi sueldo no da para tanto. Si no es porque quieren dinero, entonces es para ligar contigo, y sinceramente no sé que es peor.



Hanuman Dhoka o Plaza Durbar, es una plaza con más templos, aquí los templos se levantan en cada esquina de la ciudad, y muchas tiendas. Es muy popular porque aquí se alza el templo dedicado a la "diosa viviente" una niña de cinco años que los nepaleses creen ser la reencarnación de la "Diosa Virgen" después de que aseguráse al rey estar poseída por ella. La niña se asomába por la tarde al balcón, pero no me esntusiasmó la idea de esperar tres horas para verla.



En los alrededores de la plaza me sorprendió sentirme tan estresada viniendo de una ciudad grande como es Madrid, pero el centro de Katmandú es un caos, lleno de gente, coches y motos que se atraviesan, obras, suciedad, y los más impactante, las carnicerías y pescaderías, mesas en medio de la calle con la carne cruda y ensangrentada al igual que el pescado, y un puñado de moscas revoloteando alrededor, no muy suculento.



Sin embargo si se tiene la gran oportunidad como tuve yo de pasar dos días en Katmandú, es cuando aprecias que es como cualquier ciudad grande, locura en el centro y paz y relajación en las afueras.



Así que en mi segundo día me levanté a las cuatro de la mañana para ir con una compañera a ver el amanecer desde el Himalaya, y sinceramente el madrugón, mereció la pena.



El camino a Nagarkot, fue toda una experiencia, entre el taxista que conducía como Fernando Alonso en carreteras tortuosas, de doble sentido y sin espacio para un alfiler, tocando el claxon hasta cuando veía una vaca, y mi compañera apunto de llorar del susto que llevaba. Yo en cambio iba bastante relajada, me pregunto si es que soy demasiado confiada o tal vez kamikaze, pero a pesar de todo yo tenía fe en el taxista, es más admiraba el dominio que tenía al volante.



Llegamos justo a tiempo para ver el amanecer en un lugar mágico, que hubiése sido aun más especial si mi compañera no me hubiése desgastado el nombre llamándome para que le hiciése fotos, la próxima vez se debería de llevar a un fotógrafo privado.



No hacía más que pensar lo romántico que podía ser aquel lugar para una pareja, con su hotel, la chimenea y aquel idílico entorno que pronto estará cubierto de nieve.



De vuelta al bullicio de la ciudad tuve tiempo para ir al popular y turístico bazaar Thamel con unos amigos y comprar algunos souvenirs, aunque como yo soy atípica, no compré pashmina, como la mayoría de la gente que viene aquí, la verdad es que no creo que le diése mucho uso.



Echaré de menos a la gente de aquí, tienen lo justo, pero siempre te sonríen y te dicen "namaste" que significa "hola".